jueves, 29 de noviembre de 2012

El dilema de la producción teatral


Nuevo sexenio. Tiempo de recordar los modos de hacer teatro en México. Pensar en los errores. Ver de qué manera mejoramos la escena patrocinada por el Estado y universidades.
Si no cambiamos los modos de producción teatral por parte del Estado —y de la Universidad—, menos saldremos del bache que vivimos. Los modos de producción son vitales para el resurgimiento de un teatro para esas minorías que van a las salas a la espera de mejores espectáculos. El Estado como productor debiera garantizar resultados óptimos, por lo menos desde el punto de vista artístico.
El Estado tiene una política estatutaria, legal, sobre lo que quiere de la cultura y sus hacedores, pero es imprecisa, débil, vaga. Las reglas de comportamiento ético se quiebran, se tergiversan, se nulifica el profesionalismo y se cae en amiguismos. Es necesario acotar esos comportamientos. El teatro se convierte en un pretexto para la obtención de un salario al director, dramaturgo, actor, escenógrafo (se pasan la estafeta administrativa, se deben favores). Cómplices unos con otros. No hay plan artístico. No hay programación profesional, solo intención de sobrevivir. El verdadero arte, el que se rebela, no está de ese lado del mundo. Es por lo anterior que el teatro comercial avanza, mientras que el estatal, el universitario, se estancan.
Sería injusto no impulsar una ética de la profesión teniendo en cuenta cómo el arte del teatro —ese espejo que lo sostiene, el público— ha crecido en los últimos años. Hacer teatro cuesta mucho. Ah, pero si el Estado ayuda, las cosas podrían cambiar. Hay formas de subvención. Hay becas. Hay promoción —y sobre todo, programación—. Hay todo un aparato para la creación teatral. Pero cuidado: sea un éxito o un fracaso la escenificación, tenga público o no, buena o mala crítica, irremediablemente, el gobierno en turno abandona la empresa de servicio público porque el sistema político mexicano entiende que la difusión del buen teatro nada tiene que ver con las ganancias económicas. Y si las hay, pareciera que no le importan. ¿Se puede cerrar una empresa cuando gana? Eso ha pasado muchas veces en el teatro del Estado y universitario. Eso es lo que tendría que cambiar en México, ya.
Los espacios públicos de teatro —universitarios y del Estado— tendrían que ser ejemplares: oportunidad a las jóvenes generaciones para sus montajes y textos dramatúrgicos. Espacios que han sido semillero de nuevas propuestas teatrales. Ha salido de ahí gente talentosa y de enorme trascendencia en el teatro actual. Que no se pierda ese impulso depende de una política persistente para que, a través de los años, veamos los nuevos éxitos del teatro mexicano. Se nos olvida, pero del teatro salen los creativos para el cine y la televisión. No se puede matar al origen…
Y desde luego construir más salas de teatro.

Coda
Cumplí un año fuera de las editoriales. Es hora de decir lo que pienso de esa industria tan alicaída y a punto de reconvertirse por la era digital.

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